LEYENDAS, CANCIONES Y CUENTOS
La Salamanca  
El mal y su personificación suprema. el Diablo, también son protagonistas de muchas historias y superticiones populares.
El diablo Santiagueño es Súpay, que puede adoptar muchas formas o aspectos: desde el Duende Sombrerudo de las siestas infantiles, al joven bello y rico de las jóvenes casaderas, pasando por el famoso "huaira muñoj", turbulento remolino de Malo.
Su habitat natiral es el monte, y allí se encuentra su más pavorosa corporización: el Toro Súpay.
Es creencia popular que el Toro Súpay anda cuando ha pactado con algún campesino del lugar. El desdichado, llevado por la avaricia, accede a darle su alma y su cuerpo, a cambio de nutrida hacienda y pródigas cosechas. Dicen que a la cueva de La Salamanca van quienes quieren hacer un pacto con el Diablo. Pero Supay solo acepta a los más fuertes y corajudos, y es po eso que les impone a los iniciados una serie de pruebas. En ellas probarán su apostasia (deben escupir a Cristo y cachetear a la Virgen), su coraje (no deberán sentir miedo mientras dure la iniciación) y su habilidad y destreza física. Si el aprendiz de brujo logra superar estas pruebas, recién podrá conocer todos los secretos de la magia negra y por ende tendrá poder y riqueza.
En La Salamanca se vive en eterno jolgorio. Las brujas y los brujos se regodean allí en lujurioso frenesí. Allí se canta, se baila, se encuentra toda clase de placer. Llegar al centro del laberinto tiene su premio: la sabiduria y el poder eterno. Pero el camino no es facil esta plagado de asechanzas. Y ese centro mitico tiene dos versiones: puede ser La Salamanca donde lo esperará el diablo, o puede ser el paraiso, morada celeste de Dios.
MUSICA
Música
 

CIUDAD DE LA BANDA (vals)

De santiago hacia el este
Recuerdo esas trenzadas
cruzando el río Dulce
de Olimpico y de Tiro
antes del Canalito
y esos bravos domingos
comienza la ciudad;
de Sarmiento y Central.
con sus casitas bajas
sus patios solariegos
Aquellas serenatas
macetas con malvones,
allá por Villa Juana
la mesa familiar.
que nunca terminaban
antes de aclarar.
Callecitas de tierra
que de tarde se riegan
Donde están los muchachos
la avenida Besares,
del trompo y del chumuco,
la Alhambra, la estación;
que se hicieron tus barras
como olvidar todo eso
Trujillo, Villa Unión.
si es parte de mi vida
si allá en mi adolescencia
Hoy cuando se encendieron
viví el primer amor.
dos albas en mis sienes
mis ojos humedecen
¡Ay ciudad de La Banda!
esta recordación.
por fincas perfumadas;
veredas arboladas
por donde supe andar.
¡Ay ciudad de La Banda!
romántica y hermosa
mi amor yo te declaro
muchacha en este vals.
Cuentos "Borrando Fronteras"
Una pelea con el diablo
Esa noche corría una leve brisa, cuando se sintió ese grito que despertó la ciudad. En un casamiento en el club San Carlos estaba el demonio. Un muchacho joven se revolcaba por el suelo y largaba espuma por la boca ante la mirada sorprendida de todos. Después de que los novios se fueron, habían quedado unas cuantas personas. Dicen que el muchacho estaba parado lo más bien, cuando de golpe empezó a hacer unos ruidos extraños con los dientes. Primero pensaban que era una broma, hasta que pegó ese alarido y cambió su voz. Puso una voz más gruesa y comenzó a decir:
-Me perteneces, me perteneces. Soy Satanás. El turco que estaba sentado cerca y que a gatas caminaba por su hemorroide, pegó un salto como una corzuela por arriba de las mesas y salió con flequillo volcado del club. Mientras tanto el muchacho seguía revolcándose en el piso. Cuando José Luis, que andaba sacando fotos, le apuntó con la cámara, el muchacho lo miró con una cara desencajada y le gritó:
-¿Quieres morir?
Lo hubieran visto al gordo, tiró la cámara para un costado, le pegó un empujón al viejo que estaba atrás y salió a las chuequeadas del club. Hasta que uno se avivó y comenzó a rezar un Padre Nuestro, ahí nomás todos los siguieron. Al rato todo se calmó y el muchacho comenzó a preguntar
-¿Qué me pasó, qué me pasó? Hasta que un hombre le aconsejó que vaya a la iglesia, porque el diablo se ha había apoderado de su alma. Algunos comentaban que todo era teatro y que hacía eso porque no le había pagado la libreta a don Nica, el almacenero, que andaba amenazándolo que lo iba a golpear. Pero los que estuvieron en el casamiento aseguran que esa noche el diablo estuvo en San Carlos.
Cuentan que el muchacho, desde esa noche, comenzó a tener sueños muy feos, hasta que por segunda vez se le presentó el diablo. Esta vez fue en la estación de trenes, sobre la Besares. Era un sábado a la noche. El muchacho andaba caminando, cuando comenzó a sentirse raro. De golpe se transformó y comenzó a dar botes en el veredón.
- Soy Satanás, el nuevo rey del mundo- decía con una voz que daba miedo. Después comenzó a arrancarse la camisa. En la panza comenzaron a dibujársele unas inscripciones raras, como si alguien le escribiera por dentro. Una perra comenzó a ladrarle, pero el muchacho de una patada la revoleó como media cuadra. Tenía una fuerza impresionante.
Esa noche los bandeños demostraron ser muy valientes. Primero fueron dos o tres los que empezaron a rezar y a invocar el nombre de Jesucristo. Después fueron más y más. Todos los que andaban cerca hicieron un círculo a la vuelta del muchacho. Todos tomados de las manos rezaban y le ordenaban al demonio que abandone ese cuerpo. Del medio de la gente apareció un forastero, con una barba rala y una tranquilidad que sorprendía. El muchacho seguía en el suelo revolcándose como víbora. El hombre fue caminando despacio, le tocó la frente y dijo:
- Nadie puede contra el amor. Deja esta alma, no vale la pena que sigas luchando- terminó de decir eso y se sintió un reventón en el cielo y una lluvia comenzó a mojar la ciudad. El muchacho lentamente se levantó y comenzó a abrazarse con la gente. Nadie supo realmente quién e ra ese forastero, pero desde esa vez, el diablo no vino más para La Banda.
 
Cuentos "Mientras Llueve" Por Adela Llugdar

La lluvia resulta un alivio en estos días de agobiante calor que la primera semana de 1986 regala. Aprovecho entonces la tregua sentada en mi cama-es temprano aún-, mientras el agua continúa azotando las plantas que bordean la calle y luego por ella rauda se desliza, comienzo mi tarea de escribir, mejor dicho, de describir, las imágenes que anoche me visitaron mientras dormía. También llovía copiosa e ininterrumpidamente en ese lejano verano de mi infancia, al extremo de tener que mis hermanos y yo, cambiar el lugar de las cosas en una de las habitaciones que hacía de dormitorio. Nos encontrábamos en una antigua casona en la que posteriormente, funcionaría la escuela. Fuentones y ollas fueron colocados para contener el líquido que desde el techo de vigas se filtraba. ¡ Qué extraño concierto allí se improvisó!. La luz despedazaba el arco iris que sobre la acuosa cortina se formaba y los fragmentos, rebotando sobre el fondo escapaban y en acompasado ritmo describían aladas piruetas, dibujando extraños arabescos que interrumpían la verticalidad de la caída. Me senté sobre el piso para contemplar fascinaba el espectáculo que ante mis ojos se presentaba. De pronto otro fué el escenario: la vieja casa de mi adolescencia donde también existía el problemas de los techos. Y llovía y me preocupaba por alguien que descansaba en las piezas. Me acerqué por ello a despertarlo. La sorpresa me detuvo; no era una persona adulta la que ocupaba la cama, sino un niño de aproximadamente cuatro años perfectamente ubicado en una caja de pequeñas dimensiones y tenía el rostro de Jorge Luis Borges. ¿ Qué hacer con este hombre-niño que aquí se encontraba? ¿Cómo había llegado a este lugar?. Lo levanté con cuidado para no despertarlo y tras dejarlo en un sitio seguro fuí a buscar elementos que pudieran recibir el agua que caía. Instantes después, nuevos y orquestados sones se escuchaban. En un rincón, sobre una mesita de patas torneadas, se hallaba un espejo con un hermoso marco barroco que alguna vez pudo haber sido dorado. A través de la enorme luna podía ver el improvisado lecho -si así podía llamársele-, con el extraño huésped en él. En este instante recordé la obsesión de Borges de hurgar el mundo supuestamente existente, tras los cristales azogados. La pequeña figura comenzó a incorporarse hasta cobrar estatura y lograr el aspecto que los medios de difusión ultimamente mostraban. Pero no llevaba bastón ¡y parecía ver! pues sorteando las goteras se acercó hasta donde yo estaba. Noté que las imágenes se enturbiaban hasta parecer grotescas. Clavada en mi sitio, nada atinaba a hacer. Sólo le escuchaba decir:" Las voces, las voces". No entendía a qué se refería; quizás aludía al sonido que brotaba de los recipientes de lata. Y su insistencia era cada vez mayor, aumentando mi desconcierto. Lo que el espejo reflejaba se volvió mas borroso hasta desaparecer. El lugar fué ocupado por un camino bordeado de sombríos pinos, inconmovibles, semejantes a mercenarios guardianes, sin que el agua que sobre ellos intensamente caía, alterara su rigidez. Y al final, donde las paralelas unirse parecían, una intensa luz invitaba a acercarse. Súbditamente, por una fuerza que en un comienzo no alcancé a descubrir, fuí desplazada de donde me encontraba. Los brazos aún extendidos de Borges me delataron su autoría. Miré su rostro; me asusté. Parecía transfigurado. ¿Qué pasará ahora? -me pregunté -Torné al cristal. La luz continuaba allí, insistente. En un insyante la figura del escritor apareció nítida encaminado sus pasos hacia la ruta por donde le vi marchar firme, seguro, escoltado por los sones que el agua creaba. Desvié la mirada para dirigirla a cada punto de la habitación. Sólo yo estaba en ella. Ahora, el ruido lastimaba mis oídos. Cerré los ojos. Al abrirlos, me encontré donde actualmente vivo, en mi dormitorio, poblado de acordes como en los casos anteriores. ¡Pero esta casa no tiene goteras! -me dije - ¿Qué sucedía entonces? Y mi visitante ¿dónde estaba?. Un trueno ensordecedor puso fin a mi interrogatorio y me trajo de regreso. Afuera, la lluvía arreciaba. Dos situaciones idénticas en dos mundos diferentes: en el de mis sueños y en el de la realidad cotidiana.

 

Cuentos "En Tinieblas" Por Oreste Edmundo Pereyra

Fernando caminaba lentamente por el sendero del cementerio. Los pinos, movidos por el viento, desprendía sus largas agujas verdes que se amontonaban en el suelo. Aquí y allá se erguían cruces de todos los tamaños. Tumbas y monumentos se alzaban silenciosos en la ciudad del eterno silencio que sólo muy de cuando en cuando algún pájaro rompía con sus trinos. Fernando conocía el camino de memoria, ¡lo había recorrido tantas veces!. Desde que murió su madre estas visitas las cumplía inexorablemente, todos los domingos. Era, a su juicio, como estar un poco más cerca de ella. Al ver su figura enjunta, ni muy alta ni muy baja, nadie hubiera pensado en los treinta y cinco años que pronto cumpliría. Esa tarde -no era una excepción-caminaba con la cabeza inclinada, como si un gran peso, invisible a los ojosde las demás, hiciera presión sobre ella, obligándola a permanecer en actitud de honda meditación. Iba sumergido en sus pensamientos, tanto que parecía ignorar todo cuanto le rodeaba. El contorno se convertía en una abigarrada mezcla de negros, grises y blancos que rebotaban cointra sus ojos para ir a perderse en una lejanía sin distancias. Su madre había fallecido de improviso y aquella perdida lo sumó en los primeros tiempos en un mar de dudas, amartguras y desilusiones. El primer contacto con la tragedia lo dejó inerme enm un principio, pero el tiempo, hacedor de curas milagrosas o de angustias incurables, llegó sin embargo con una buena carga de resignación. Hoy, después de un largo tiempo, la pérdida de su madre acudía a una y otra vez a su mente. Junto a su ataúd revivía paso a paso toda la tragedia, recordaba con nitidez las interminables horas del sepelio y la presencia de familiares y amigos que compartían su dolor, pero que el obstinadamente se negaba a compartir. Después de los días iguales, vacíos y silenciosos en una casa envuelta en tinieblas como su alma. Y si hubiera permanecido a no ser por las primeras sombras de la noche que furtivamente fueron agazapándose por todos los rincones. Fernando volvió a la realidad. -¿Estaría cerrado el cementerio?- pensó no sin una leve inquietud. La oscuridad comenzóa avanzar con pasos agigantados, al tiempo que corría, mas que caminaba, hacía el portón de salida. ¡Cerrado! Ni un alma en derredor. A sus espaldas, las cruces, espectros negros con los brazos levantados señalando insistentemente el horizonte, enmarcaban un paisaje lúgubre. ¿ Y si intentara llegar a la perte trasera?. Recordó que allí se levantaba un portón de tela metálica. Con un poco de suerte podría hacer pie y trasponer el linde. Bordeando el camino principalque adivinaba mas que veía, Fernando comenzó a desandar el camino. Deambulando a tientas y encendiendo de vez en cuando unas cerillas para guiarse, llegó a unos senderos laterales. De pronto, a lo lejos, unas luces que comenzaban a insinuarse, calmaron el temor que había comenzado a sentir. -¿Vendrían en su busca?- Sí, no podría ser de otra manera. Se disponía a correr para alertar con su presencia a sus salvadores, cuando algo, un presentimiento extraño, o tal vez un rumor apagado, lo hizo detenerse en firme. Lo que fué solo un débil murmullo creció de pronto incontenible a medida que las luces avanzaron. Luego-lo podía oir nitidamente- el murmullo se convirtió en un cántico extraño. Jadeante y con un temor que hizo presa a todo su cuerpo, se escondió junto a la tumba mas próxima. El Cantico se volvió cada vez mas preciso, tanto ¡que pareció retumbar en sus oídos!: "Astharot, Astharot, oh señor rey de las tinieblas a ti glorificamos..." Fernando como buscando instintivamente protección, echó a correr al monumento de su madre. Convulsionado hurgó entre sus bolsillos en busca de la llave salvadora, pero en busca frenética, el pequeño y frío metal, resbaló de sus manos y luego de tintinear en la estrecha vereda fué a desaparecer en el polvo ceniciento del sendero. Una y otra vez encendió la cerilla; una y otra vez sus manos cavaron y se hundieron en la tierra del sendero. Todo en vano. Al levantar la vista la procesión se detuvo a escasos 20 metros. Fernando saltó agilmente y fue a guarecerse en una pequeña arista del monumento. En aquel hueco, apretó su cuerpo magro, mientras sus manso aferraban con desesperación al pecho en donde el corazón pugnaba por estallar violentamente. La procesión siguió avanzando. Hombres y Mujeres con túnicas negras y portando antorchas, prosiguieron elevando extraños cánticos. Procediendo la misma, un hombre alto y esquelético, de cara abuhonada, salivó repetidamente la cruz, a la par que pronunciaba palabras intangibles. Flaqueando al mismo, dos sujetos, también cadavéricos, portando inciensos, sahumerios el lugar con azufre, volviendolo pestilente. Fernando sintió sus miembros paralizados y se apoyó mas violentamente en su providencial escondite. El ritual demoníaco continuó con acabada precisión. -¡Salve, oh gran señor de los infiernos. Danos tu ciencia que tuya es nuestra alma! -continuaron con sus plegarias a los posesosa la par que avanzaron hasta quedar al frente del joven. Allí la procesión sev detuvo. Inmediatemente como obedeciendo una orden, las túnicas volaron por el aire, para caer desordenadamente, formando una elevada pirámide negra. Hombres y mujeres desnudos, pisoteron la cruz que partida, yacía a escasos centimetros de Fernando. El olor nauseabundo del azufre impregnó aún mas el ambiente, y en medio de gritos de placer y agónicos quejidos voluptuosos, se escucho una voz cavernosa que anunció: ¡Yo soy vuestro amo, ¡adoradme!!. El joven aterrado, sintiendo estremecerse todo su cuerpo, cerró sus ojos. Luego los abrió y cosa extraña; miró sin ver, ceguera total que lo apartaba de toda realidad, nublando con tenacidad su razón el presente. Al otro día, cuando los cuidadores recorrían el cementerio, encontraron a Fernando con los ojos desorbitados, la palidez de la muerte cubría su rostro desencajado. -¿Le pasa algo a Usted? -preguntó insistentemente uno de ellos , como respuesta obtuvo una carcajada demencial. -¡Hugo, Diego!- llamó imperiosamente a sus amigos el cuidador. Al instante, los tres hombres rodearon al infeliz quien enloquecedoramente repetía: -te adoramos, oh rey de los infiernos. Los curiosos fueron arremoliandoseen torno a Fernando, pero bien pronto debieron dar paso a dos altos mozos quienes vistiendo guardapolvos blancos lo tomaron fuertemente de los brazos y lo condujeron a la ambulancia. El ulular de la sirena rompió la calma, mientras el hombre insistentemente repetía: -Te adoramos oh rey de los infiernos. En breves instantes, el murmullo de los curiosos fue apagandose mientras el penetrante quejido de la ambulancia se hacia cada vez mas lejano. Dentro de ella, los guardapolvos blancos volaron por el aire y los hombres vestidos de negro, con cruces negras colgadas en sus pechos, elevaron junto con Fernando una ansiosa plegaria: -Te adoramos, oh señor ¡rey de los infiernos!.

 

 

Letra: Vicente Castiñeira / Música: Carlos Carabajal.