| El
mal y su personificación suprema. el Diablo, también son
protagonistas de muchas historias y superticiones populares.
El diablo Santiagueño es Súpay, que puede adoptar muchas
formas o aspectos: desde el Duende Sombrerudo de las siestas infantiles,
al joven bello y rico de las jóvenes casaderas, pasando por el
famoso "huaira muñoj", turbulento remolino de Malo.
Su habitat natiral es el monte, y allí se encuentra su más
pavorosa corporización: el Toro Súpay.
Es creencia popular que el Toro Súpay anda cuando ha pactado
con algún campesino del lugar. El desdichado, llevado por la
avaricia, accede a darle su alma y su cuerpo, a cambio de nutrida hacienda
y pródigas cosechas. Dicen que a la cueva de La Salamanca van
quienes quieren hacer un pacto con el Diablo. Pero Supay solo acepta
a los más fuertes y corajudos, y es po eso que les impone a los
iniciados una serie de pruebas. En ellas probarán su apostasia
(deben escupir a Cristo y cachetear a la Virgen), su coraje (no deberán
sentir miedo mientras dure la iniciación) y su habilidad y destreza
física. Si el aprendiz de brujo logra superar estas pruebas,
recién podrá conocer todos los secretos de la magia negra
y por ende tendrá poder y riqueza.
En La Salamanca se vive en eterno jolgorio. Las brujas y los brujos
se regodean allí en lujurioso frenesí. Allí se
canta, se baila, se encuentra toda clase de placer. Llegar al centro
del laberinto tiene su premio: la sabiduria y el poder eterno. Pero
el camino no es facil esta plagado de asechanzas. Y ese centro mitico
tiene dos versiones: puede ser La Salamanca donde lo esperará
el diablo, o puede ser el paraiso, morada celeste de Dios.
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Una
pelea con el diablo
Esa noche corría una leve brisa, cuando se sintió
ese grito que despertó la ciudad. En un casamiento en el
club San Carlos estaba el demonio. Un muchacho joven se revolcaba
por el suelo y largaba espuma por la boca ante la mirada sorprendida
de todos. Después de que los novios se fueron, habían
quedado unas cuantas personas. Dicen que el muchacho estaba parado
lo más bien, cuando de golpe empezó a hacer unos
ruidos extraños con los dientes. Primero pensaban que era
una broma, hasta que pegó ese alarido y cambió su
voz. Puso una voz más gruesa y comenzó a decir:
-Me perteneces, me perteneces. Soy Satanás. El turco que
estaba sentado cerca y que a gatas caminaba por su hemorroide,
pegó un salto como una corzuela por arriba de las mesas
y salió con flequillo volcado del club. Mientras tanto
el muchacho seguía revolcándose en el piso. Cuando
José Luis, que andaba sacando fotos, le apuntó con
la cámara, el muchacho lo miró con una cara desencajada
y le gritó:
-¿Quieres morir?
Lo hubieran visto al gordo, tiró la cámara para
un costado, le pegó un empujón al viejo que estaba
atrás y salió a las chuequeadas del club. Hasta
que uno se avivó y comenzó a rezar un Padre Nuestro,
ahí nomás todos los siguieron. Al rato todo se calmó
y el muchacho comenzó a preguntar
-¿Qué me pasó, qué me pasó?
Hasta que un hombre le aconsejó que vaya a la iglesia,
porque el diablo se ha había apoderado de su alma. Algunos
comentaban que todo era teatro y que hacía eso porque no
le había pagado la libreta a don Nica, el almacenero, que
andaba amenazándolo que lo iba a golpear. Pero los que
estuvieron en el casamiento aseguran que esa noche el diablo estuvo
en San Carlos.
Cuentan que el muchacho, desde esa noche, comenzó a tener
sueños muy feos, hasta que por segunda vez se le presentó
el diablo. Esta vez fue en la estación de trenes, sobre
la Besares. Era un sábado a la noche. El muchacho andaba
caminando, cuando comenzó a sentirse raro. De golpe se
transformó y comenzó a dar botes en el veredón.
- Soy Satanás, el nuevo rey del mundo- decía con
una voz que daba miedo. Después comenzó a arrancarse
la camisa. En la panza comenzaron a dibujársele unas inscripciones
raras, como si alguien le escribiera por dentro. Una perra comenzó
a ladrarle, pero el muchacho de una patada la revoleó como
media cuadra. Tenía una fuerza impresionante.
Esa noche los bandeños demostraron ser muy valientes. Primero
fueron dos o tres los que empezaron a rezar y a invocar el nombre
de Jesucristo. Después fueron más y más.
Todos los que andaban cerca hicieron un círculo a la vuelta
del muchacho. Todos tomados de las manos rezaban y le ordenaban
al demonio que abandone ese cuerpo. Del medio de la gente apareció
un forastero, con una barba rala y una tranquilidad que sorprendía.
El muchacho seguía en el suelo revolcándose como
víbora. El hombre fue caminando despacio, le tocó
la frente y dijo:
- Nadie puede contra el amor. Deja esta alma, no vale la pena
que sigas luchando- terminó de decir eso y se sintió
un reventón en el cielo y una lluvia comenzó a mojar
la ciudad. El muchacho lentamente se levantó y comenzó
a abrazarse con la gente. Nadie supo realmente quién e
ra ese forastero, pero desde esa vez, el diablo no vino más
para La Banda. |
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Cuentos
"Mientras Llueve" Por Adela Llugdar |
La
lluvia resulta un alivio en estos días de agobiante calor
que la primera semana de 1986 regala. Aprovecho entonces la
tregua sentada en mi cama-es temprano aún-, mientras
el agua continúa azotando las plantas que bordean la
calle y luego por ella rauda se desliza, comienzo mi tarea de
escribir, mejor dicho, de describir, las imágenes que
anoche me visitaron mientras dormía. También llovía
copiosa e ininterrumpidamente en ese lejano verano de mi infancia,
al extremo de tener que mis hermanos y yo, cambiar el lugar
de las cosas en una de las habitaciones que hacía de
dormitorio. Nos encontrábamos en una antigua casona en
la que posteriormente, funcionaría la escuela. Fuentones
y ollas fueron colocados para contener el líquido que
desde el techo de vigas se filtraba. ¡ Qué extraño
concierto allí se improvisó!. La luz despedazaba
el arco iris que sobre la acuosa cortina se formaba y los fragmentos,
rebotando sobre el fondo escapaban y en acompasado ritmo describían
aladas piruetas, dibujando extraños arabescos que interrumpían
la verticalidad de la caída. Me senté sobre el
piso para contemplar fascinaba el espectáculo que ante
mis ojos se presentaba. De pronto otro fué el escenario:
la vieja casa de mi adolescencia donde también existía
el problemas de los techos. Y llovía y me preocupaba
por alguien que descansaba en las piezas. Me acerqué
por ello a despertarlo. La sorpresa me detuvo; no era una persona
adulta la que ocupaba la cama, sino un niño de aproximadamente
cuatro años perfectamente ubicado en una caja de pequeñas
dimensiones y tenía el rostro de Jorge Luis Borges. ¿
Qué hacer con este hombre-niño que aquí
se encontraba? ¿Cómo había llegado a este
lugar?. Lo levanté con cuidado para no despertarlo y
tras dejarlo en un sitio seguro fuí a buscar elementos
que pudieran recibir el agua que caía. Instantes después,
nuevos y orquestados sones se escuchaban. En un rincón,
sobre una mesita de patas torneadas, se hallaba un espejo con
un hermoso marco barroco que alguna vez pudo haber sido dorado.
A través de la enorme luna podía ver el improvisado
lecho -si así podía llamársele-, con el
extraño huésped en él. En este instante
recordé la obsesión de Borges de hurgar el mundo
supuestamente existente, tras los cristales azogados. La pequeña
figura comenzó a incorporarse hasta cobrar estatura y
lograr el aspecto que los medios de difusión ultimamente
mostraban. Pero no llevaba bastón ¡y parecía
ver! pues sorteando las goteras se acercó hasta donde
yo estaba. Noté que las imágenes se enturbiaban
hasta parecer grotescas. Clavada en mi sitio, nada atinaba a
hacer. Sólo le escuchaba decir:" Las voces, las
voces". No entendía a qué se refería;
quizás aludía al sonido que brotaba de los recipientes
de lata. Y su insistencia era cada vez mayor, aumentando mi
desconcierto. Lo que el espejo reflejaba se volvió mas
borroso hasta desaparecer. El lugar fué ocupado por un
camino bordeado de sombríos pinos, inconmovibles, semejantes
a mercenarios guardianes, sin que el agua que sobre ellos intensamente
caía, alterara su rigidez. Y al final, donde las paralelas
unirse parecían, una intensa luz invitaba a acercarse.
Súbditamente, por una fuerza que en un comienzo no alcancé
a descubrir, fuí desplazada de donde me encontraba. Los
brazos aún extendidos de Borges me delataron su autoría.
Miré su rostro; me asusté. Parecía transfigurado.
¿Qué pasará ahora? -me pregunté
-Torné al cristal. La luz continuaba allí, insistente.
En un insyante la figura del escritor apareció nítida
encaminado sus pasos hacia la ruta por donde le vi marchar firme,
seguro, escoltado por los sones que el agua creaba. Desvié
la mirada para dirigirla a cada punto de la habitación.
Sólo yo estaba en ella. Ahora, el ruido lastimaba mis
oídos. Cerré los ojos. Al abrirlos, me encontré
donde actualmente vivo, en mi dormitorio, poblado de acordes
como en los casos anteriores. ¡Pero esta casa no tiene
goteras! -me dije - ¿Qué sucedía entonces?
Y mi visitante ¿dónde estaba?. Un trueno ensordecedor
puso fin a mi interrogatorio y me trajo de regreso. Afuera,
la lluvía arreciaba. Dos situaciones idénticas
en dos mundos diferentes: en el de mis sueños y en el
de la realidad cotidiana.
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| Cuentos
"En Tinieblas" Por Oreste Edmundo Pereyra |
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Fernando
caminaba lentamente por el sendero del cementerio. Los pinos,
movidos por el viento, desprendía sus largas agujas verdes
que se amontonaban en el suelo. Aquí y allá se
erguían cruces de todos los tamaños. Tumbas y
monumentos se alzaban silenciosos en la ciudad del eterno silencio
que sólo muy de cuando en cuando algún pájaro
rompía con sus trinos. Fernando conocía el camino
de memoria, ¡lo había recorrido tantas veces!.
Desde que murió su madre estas visitas las cumplía
inexorablemente, todos los domingos. Era, a su juicio, como
estar un poco más cerca de ella. Al ver su figura enjunta,
ni muy alta ni muy baja, nadie hubiera pensado en los treinta
y cinco años que pronto cumpliría. Esa tarde -no
era una excepción-caminaba con la cabeza inclinada, como
si un gran peso, invisible a los ojosde las demás, hiciera
presión sobre ella, obligándola a permanecer en
actitud de honda meditación. Iba sumergido en sus pensamientos,
tanto que parecía ignorar todo cuanto le rodeaba. El
contorno se convertía en una abigarrada mezcla de negros,
grises y blancos que rebotaban cointra sus ojos para ir a perderse
en una lejanía sin distancias. Su madre había
fallecido de improviso y aquella perdida lo sumó en los
primeros tiempos en un mar de dudas, amartguras y desilusiones.
El primer contacto con la tragedia lo dejó inerme enm
un principio, pero el tiempo, hacedor de curas milagrosas o
de angustias incurables, llegó sin embargo con una buena
carga de resignación. Hoy, después de un largo
tiempo, la pérdida de su madre acudía a una y
otra vez a su mente. Junto a su ataúd revivía
paso a paso toda la tragedia, recordaba con nitidez las interminables
horas del sepelio y la presencia de familiares y amigos que
compartían su dolor, pero que el obstinadamente se negaba
a compartir. Después de los días iguales, vacíos
y silenciosos en una casa envuelta en tinieblas como su alma.
Y si hubiera permanecido a no ser por las primeras sombras de
la noche que furtivamente fueron agazapándose por todos
los rincones. Fernando volvió a la realidad. -¿Estaría
cerrado el cementerio?- pensó no sin una leve inquietud.
La oscuridad comenzóa avanzar con pasos agigantados,
al tiempo que corría, mas que caminaba, hacía
el portón de salida. ¡Cerrado! Ni un alma en derredor.
A sus espaldas, las cruces, espectros negros con los brazos
levantados señalando insistentemente el horizonte, enmarcaban
un paisaje lúgubre. ¿ Y si intentara llegar a
la perte trasera?. Recordó que allí se levantaba
un portón de tela metálica. Con un poco de suerte
podría hacer pie y trasponer el linde. Bordeando el camino
principalque adivinaba mas que veía, Fernando comenzó
a desandar el camino. Deambulando a tientas y encendiendo de
vez en cuando unas cerillas para guiarse, llegó a unos
senderos laterales. De pronto, a lo lejos, unas luces que comenzaban
a insinuarse, calmaron el temor que había comenzado a
sentir. -¿Vendrían en su busca?- Sí, no
podría ser de otra manera. Se disponía a correr
para alertar con su presencia a sus salvadores, cuando algo,
un presentimiento extraño, o tal vez un rumor apagado,
lo hizo detenerse en firme. Lo que fué solo un débil
murmullo creció de pronto incontenible a medida que las
luces avanzaron. Luego-lo podía oir nitidamente- el murmullo
se convirtió en un cántico extraño. Jadeante
y con un temor que hizo presa a todo su cuerpo, se escondió
junto a la tumba mas próxima. El Cantico se volvió
cada vez mas preciso, tanto ¡que pareció retumbar
en sus oídos!: "Astharot, Astharot, oh señor
rey de las tinieblas a ti glorificamos..." Fernando como
buscando instintivamente protección, echó a correr
al monumento de su madre. Convulsionado hurgó entre sus
bolsillos en busca de la llave salvadora, pero en busca frenética,
el pequeño y frío metal, resbaló de sus
manos y luego de tintinear en la estrecha vereda fué
a desaparecer en el polvo ceniciento del sendero. Una y otra
vez encendió la cerilla; una y otra vez sus manos cavaron
y se hundieron en la tierra del sendero. Todo en vano. Al levantar
la vista la procesión se detuvo a escasos 20 metros.
Fernando saltó agilmente y fue a guarecerse en una pequeña
arista del monumento. En aquel hueco, apretó su cuerpo
magro, mientras sus manso aferraban con desesperación
al pecho en donde el corazón pugnaba por estallar violentamente.
La procesión siguió avanzando. Hombres y Mujeres
con túnicas negras y portando antorchas, prosiguieron
elevando extraños cánticos. Procediendo la misma,
un hombre alto y esquelético, de cara abuhonada, salivó
repetidamente la cruz, a la par que pronunciaba palabras intangibles.
Flaqueando al mismo, dos sujetos, también cadavéricos,
portando inciensos, sahumerios el lugar con azufre, volviendolo
pestilente. Fernando sintió sus miembros paralizados
y se apoyó mas violentamente en su providencial escondite.
El ritual demoníaco continuó con acabada precisión.
-¡Salve, oh gran señor de los infiernos. Danos
tu ciencia que tuya es nuestra alma! -continuaron con sus plegarias
a los posesosa la par que avanzaron hasta quedar al frente del
joven. Allí la procesión sev detuvo. Inmediatemente
como obedeciendo una orden, las túnicas volaron por el
aire, para caer desordenadamente, formando una elevada pirámide
negra. Hombres y mujeres desnudos, pisoteron la cruz que partida,
yacía a escasos centimetros de Fernando. El olor nauseabundo
del azufre impregnó aún mas el ambiente, y en
medio de gritos de placer y agónicos quejidos voluptuosos,
se escucho una voz cavernosa que anunció: ¡Yo soy
vuestro amo, ¡adoradme!!. El joven aterrado, sintiendo
estremecerse todo su cuerpo, cerró sus ojos. Luego los
abrió y cosa extraña; miró sin ver, ceguera
total que lo apartaba de toda realidad, nublando con tenacidad
su razón el presente. Al otro día, cuando los
cuidadores recorrían el cementerio, encontraron a Fernando
con los ojos desorbitados, la palidez de la muerte cubría
su rostro desencajado. -¿Le pasa algo a Usted? -preguntó
insistentemente uno de ellos , como respuesta obtuvo una carcajada
demencial. -¡Hugo, Diego!- llamó imperiosamente
a sus amigos el cuidador. Al instante, los tres hombres rodearon
al infeliz quien enloquecedoramente repetía: -te adoramos,
oh rey de los infiernos. Los curiosos fueron arremoliandoseen
torno a Fernando, pero bien pronto debieron dar paso a dos altos
mozos quienes vistiendo guardapolvos blancos lo tomaron fuertemente
de los brazos y lo condujeron a la ambulancia. El ulular de
la sirena rompió la calma, mientras el hombre insistentemente
repetía: -Te adoramos oh rey de los infiernos. En breves
instantes, el murmullo de los curiosos fue apagandose mientras
el penetrante quejido de la ambulancia se hacia cada vez mas
lejano. Dentro de ella, los guardapolvos blancos volaron por
el aire y los hombres vestidos de negro, con cruces negras colgadas
en sus pechos, elevaron junto con Fernando una ansiosa plegaria:
-Te adoramos, oh señor ¡rey de los infiernos!.
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| Letra:
Vicente Castiñeira / Música: Carlos Carabajal. |
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